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viernes, 21 de marzo de 2008

pájaro negro

Al pájaro negro ya no le interesan las guitarras, o las mujeres adolescentes. El pájaro negro se encuentra flotando en la inmensidad de una mandíbula oscura. El que busca encuentra, y el que encontró, ahí está, amarrando su tesoro a la parte de atrás de la carreta.

Al pájaro negro ya no se le pueden hacer recomendaciones de música, de arte, de religión. El pájaro negro sigue una línea trazada por palabras en un libro que luchan por liberarse como un torbellino de emociones frustradas.

Al pájaro negro lo sigo como gaviotas ciegas al lado de un ferry de transporte de autos. Las familias obesas y los turistas rubios con sus niños me tiran pedazos de pan, y de vez en cuando una picarita. Yo vuelo y juego con ellos, pero siempre es tiempo de volver a la costa con un vacío inigualable que solo la comida chatarra de gaviota ofrece.

Al pájaro negro me resulta difícil abrazar. Cree que desaparecerá su alma un día y solo quiere hacerme como él para que yo pueda entender la belleza de la sugestión inconsciente.

El pájaro negro está en vuelo dentro de una jaula, chocando con el techo. Ya no fuma, ni toma, ni mira a los lados. Los tropezones borrachos ya no dan el mismo sentimiento que daba el aplastar las montañitas de arena en la playa. Ahora secretamente deseo que hubiera una aguja escondida dentro de cada una de ellas.

Al pájaro negro no le ofrezco nada más excepto mi obligación y cortesía. El resto es una ilusión. No espero nada más de él. Pero me importará siempre el pájaro negro. La amistad indeleble de haber sufrido lado a lado.

Aún así, las moscas del mundo comen pedacito por pedacito los bordes de nuestra amistad.